Las horas negras, libro de la fotógrafa Patricia Aridjis
Omar González
Además de que “su obra ha sido publicada y exhibida en China, España, Portugal, Estados Unidos, Canadá, Perú y Polonia”, Patricia Aridjis es una fotógrafa que, se dice en la tercera de forros de su libro
Las horas negras, “de manera individual o colectiva ha participado en más de cincuenta exposiciones en espacios como Centro de la Imagen y Museo Carrillo Gil en la Ciudad de México, Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo en Oaxaca, Centro de las Artes en Guanajuato, Galería de Arte Joven, DIFOCUR en Sinaloa, y Museo de la Ciudad de México”.
Dedicado “A la memoria temprana y amorosa” de su “madre, María Luisa Perea,
Male”, el libro
Las horas negras de Patricia Aridjis, más que un fotorreportaje, es un ensayo fotográfico en blanco y negro, cuyo tiraje de dos mil ejemplares se terminó de imprimir en México, en abril de 2007. Las imágenes que se aprecian en él fueron concebidas en varios reclusorios femeninos no sólo de la capital del país; y entre éstas, a veces compaginadas con lo que se observa, figuran una serie de fragmentos (anónimos o con los nombres de las presas) recogidos por la fotógrafa durante su exploración carcelaria. Dice en su epílogo:
“Se dieron momentos importantísimos en el trato con las internas, en los que dejé la cámara a un lado para escuchar lo que desean y las conturba; de su soledad que en ocasiones las orilla a perder las ganas de vivir. Las heridas en sus muñecas son bocas que ellas mismas han abierto para clamar por afecto. Las drogas, para evadirse; la religión, su forma de encontrar respuesta al encierro. Es, a fin de cuentas, mirar a quienes pocos miran, dar voz a quienes no la tienen. En los reclusorios las emociones están abiertas en canal y ahondan enfáticamente en el corazón. La intención es compartir por medio de la fotografía.
“Las horas negras es un camino de ida y vuelta; desde el interior hacia afuera. Las imágenes y frases salen de la cárcel como una forma de liberación.
“Mi compromiso encontró las palabras precisas mientras fotografiaba a una mujer en su celda.
Retrátame porque es mi única manera de salir de aquí.”
Tanto en la selección de los textos, en el epílogo y en la antología de fotos se advierte que Patricia Aridjis, con su
ojo de cíclope, tiene empatía y calidad ética para reflexionar y sintetizar el entorno opresivo y asfixiante en que subsisten las presas. El que no haya precisado el tiempo y el lugar donde se ubican los penales femeninos implica que trazan el ámbito de una cárcel que es todas las cárceles de mujeres del territorio mexicano y que una presa es todas las presas, pues sus patéticas historias, en su mayoría de los estratos más paupérrimos, son muy parecidas entre sí, inextricables a la condición atávica y vulnerable que implica ser mujer en una sociedad tradicionalmente machista y falocrática. Dice la fotógrafa:
“La desgracia de muchas internas comienza desde antes de la cárcel. Basta escuchar cuando hablan de sus relaciones familiares, sus vidas en la calle, sus historias en espiral. Las prisiones en México están llenas de gente pobre. Lupita Ramírez estuvo presa ocho meses por haber robado cuatro desodorantes, tres corta-vidrios y tres paquetes de plumones.
“Sin recursos monetarios no hay salida fácil. Pertenecer a un estrato socioeconómico bajo y ser mujer representa una doble agravante, pues los jueces en nuestro país son con frecuencia más duros al castigar a las mujeres. Amén del severo juicio que nuestra sociedad pronuncia contra ellas.
“El deseo de salir es latente.
Si tengo buen comportamiento, trabajo en la lavandería y hago faena, me reducen la condena hasta casi la mitad. La frase como súplica recurrente:
Ya me quiero ir de aquí. Sin embargo, hay un alto índice de reincidencia.
“Para algunas mujeres la prisión es un gran útero donde reciben cobijo, alimento y afecto. Allí tienen identidad y una metáfora de la familia. Y aunque no es la matriz de la mejor madre, representa un espacio seguro donde vivir. Una muestra es el arraigo que va teniendo su celda, que reconocen como
su casa. La decoran, la feminizan, se apropian de ella. Afuera se sienten perdidas. El medio las estigmatiza y con dificultad encuentran empleo. Entonces vuelven a buscar formas
viables de conseguir dinero. Regresan al mismo ámbito social. Son presa fácil de su adicción. Reinciden una y otra vez por delitos cada vez más graves, con sentencias más largas hasta que ya no es posible que salgan del único lugar donde se encuentran a salvo de la sociedad y de sí mismas.”
Con notable pericia técnica, Patricia Aridjis es una mezcla de fotodocumentalista y esteta, en cuyas imágenes predomina ésta, aún en las más dramáticas y reveladoras: aquellas que registran rasgos e instantes de angustia, depresión, soledad, desesperación, dolor, ganas de morir, de matarse o de evadirse; pero también momentos lúdicos, de relajación, de fraternidad materna o lésbica.
Las fotos translucen que trabajó con sus modelos. Pero en otras las reclusas están ausentes; entonces se trata de auténticos fotopoemas que contrapuntean y atemperan el drama visual. Por ejemplo, el encuadre de las sombras de un alambre de púas proyectadas en una pared escarapelada o el conjunto de piedras sobre el especular suelo encharcado tras la lluvia.
Patricia Aridjis posee ojo y oficio para
escribir con luz —diría Héctor García, gran patriarca del fotoperiodismo y de la fotografía mexicana, oriundo de la popular Candelaria de los Patos, quien como niño de la calle conoció el penal. Pero también la fotógrafa, como lo apuntó el tecleador, tuvo oído para registrar fragmentos, algunos de los cuales resultan poéticos aforismos: “Cuando alguien llega [a la cárcel] es como si naciera y cuando se va, como si se muriera” (Margarita López); “Cada vez que una mujer se va libre... ...es como si yo me fuera” (Rosa Julia Leyva); “Le coloqué unas cortinas a mi litera. Cuando me voy a dormir, la cierro como si fuera un féretro. Es como si cada noche muriera y me enterrara.” (María Julia G. Cerón).
Alguno es una especie de cuento breve: “Recuerdo a mi abuelo con su pañuelo enrollado al cuello, con su cabeza de plata, que un día con la sonrisa en la boca como tajada de sandía me decía:
Mi Julia, ven. Te voy a dar un tesoro que no descuidarás nunca. Y empezó a darme su tesoro en una canción, con nuestros brazos extendidos, anhelantes:
luna, luna, tráeme una tuna, la que me diste se la comió la perra fortuna. Y ese tesoro yo lo descuidé porque me dejé arrebatar los sueños al caer aquí.”
Otros fragmentos están vinculados a varias imágenes que hablan del drama (que estruja el cogote) de ser madre en la cárcel. Reporta la fotógrafa en su epílogo:
“Hay niños que nacieron ahí, y sus ojos nunca han visto otra luz más que aquella que pasa a través de las rejas.
“La maternidad hace, sin duda, una diferencia sustancial con respecto a la reclusión masculina. El papel que juega la mujer en la familia como elemento de cohesión se rompe, a veces de manera definitiva, al estar en el encierro. Las que tienen hijos pequeños se encuentran en la disyuntiva de que ellos permanezcan a su lado —aunque el ambiente carcelario no sea el más adecuado para que un niño crezca— o dejarlos en manos de familiares, fundaciones o conocidos; esto, tarde o temprano, lo tendrán que hacer cuando los pequeños cumplan el límite de edad permitido para vivir con ellas. A veces los pierden, si no física, sí afectivamente, ya que al salir, para recuperarlos, tienen que imponerse a la influencia de familiares o extraños.”
Sobre tal vertiente, junto a una lúdica foto donde se observan a dos internas tatuadas que miran hacia la lente de la cámara (una de ellas fuma y la otra carga a un bebé que también mira hacia el objetivo), figura un sarcástico e hilarante fragmento de la reclusa Laura Melchor
La Valedora, el cual conlleva una crítica a la consabida e infalible corrupción policíaca:
“No le pongas esa gorra de policía al niño. ¿No ves que este pinche chamaco cuando crezca va a ser delincuente? Y cuando lo agarren va a decir: ¿
Qué te pasa mi valedor?, si yo ya pagué por adelantado desde que estaba en la panza de mi mamá.”
En este sentido (lo cual implica algo de lo más negro de las horas negras, pues los pequeños y pequeñas sólo son víctimas inocentes) la serie de imágenes y fragmentos concluye con una “Conversación con Natalia y Juan Carlos”, que también puede ser una especie de cuento breve y
parábola óptica (para decirlo con el célebre título de la famosa foto de Manuel Álvarez Bravo):
“—¿Qué harías si te robara? —preguntó Natalia con cierta malicia.
“—No lo harías —le respondí.
“Al escuchar la conversación, Juan Carlos, el hijo de cinco años de la interna le gritó:
“—¡No mamá, no lo hagas porque te meten a la cárcel!—
“¿Dónde está la cárcel? —pregunté al niño en la celda de su madre.
“—Allá afuera, donde están los policías —respondió, señalando la ventana.”