"Al día siguiente no murió nadie". Con esta frase Saramago inicia la narración de este libro, para dar cuenta de la consternación producida por semejante circunstancia.
El país donde ocurre entra en una consternación generalizada; los negocios que dependen de la muerte ponen el grito en el cielo y la queja ante el gobierno, las funerarias, los hospitales. Conforme pasan los días sin que nadie muera, los notarios y las aseguradoras ven mermadas sus ganancias.
Pero una familia con un anciano terminal y un niño enfermo, suponen y descubren que saliendo de las fronteras de ese país, el abuelo y el niño mueren. De alguna manera la gente se entera y comienza a emigrar con sus posibles futuros difuntos, fuera y a pocos metros de la línea fronteriza para, una vez muertos, regresarlos para enterrarlos en su tierra.
La Muerte y su guadaña por su parte comienza a enviar notificaciones de muerte por medio de cartas de color violeta, con destinatario anotado pero sin remitente, lo que genera a quien recibe tal correspondencia una sensación de alivio, o de miedo, hasta que, le es devuelta una de tantas cartas de manera inusitada a la remitente.
El destinatario debía haber sido un artista, un chelista virtuoso a quien la Muerte decide ir a escuchar en un concierto y, para ello, se encarna en una bella mujer. Pero después de oírlo tienen un encuentro amoroso. "Al día siguiente no murió nadie".
Saramago envuelve en un finísimo humor la angustia filosófica de la vida y la muerte, y lo resuelve brillantemente mediante el único posible remedio: el amor.
Ed. Alfaguara 2005
Magno Garcimarrero