Rosario Castellanos nace bajo el signo de una sociedad provinciana, conservadora, de un caudal de ideología sexista y clasista. Internalizó una noción de pareja como sinónimo de enfrentamiento y no como un vínculo amoroso, por la relación de sus padres.
El sometimiento y su relación de maltrato con el hombre; el desprecio a los seres desposeídos o inferiores; el sarcasmo y la violencia como fórmula para resolver su impotencia; la falta de amor; son el legado que la hija sentiría le transmite su madre, junto con una dosis de vitalidad y orgullo.
Al lado de su nana, la niña disfruta de vivencias gratificantes, pese a ello, sus experiencias conllevan un mensaje de sufrimiento e injusticia, por el conflicto clasista de dominio y sumisión.
La presencia del padre, no aparece como una figura amorosa, pero le permitió, junto con la posibilidad de ocupar el lugar de su hermano muerto, y con otros medios, como los intelectuales, las posibilidades de “otro modo de ser”.
Con la muerte de su hermano a los ocho años, de apendicitis, Rosario introyectó la pérdida de un objeto significativo, uno con el cual había tenido una rivalidad y del que había querido su no existencia, lo que la llevó a fantasear y sentir que el deseo inconsciente se realizó y, por tanto, ella era la responsable.
La culpa, puede revestir características persecutorias y reparatorias, sin embargo, si han existido elementos fantasiosos de envidia o daño, el duelo puede no resolverse satisfactoriamente y entonces predomina la culpa persecutoria que impide la restauración del objeto perdido.
El sufrimiento puede hacerse productivo, y puede verse manifestada a través de la sublimación que adquiere la forma de una vocación literaria.
Gerardo Morales.