A bordo de un trasatlántico que se dirige a Buenos Aires, Argentina, se encuentra Mirko Czentovic. Campeón mundial de ajedrez que recién recorrió los Estados Unidos de costa a costa, jugando en diversos torneos.
Hijo de un paupérrimo remero del Danubio y huérfano a los doce años, fue recogido y educado por el párroco de la iglesia. Obediente y cumplidor de susobligaciones domésticas, era sin embargo de una lentitud desesperante, no realizaba preguntas, no jugaba con los otros niños, y su estado era la indiferencia total. Era incapaz de escribir un párrafo sin faltas de ortografía.
Para sorpresa de quienes lo conocían, su ignorancia en todas las materias era igualmente universal. Era un sabio idiota o presentaba el síndrome del sabio. Tenía limitaciones cognoscitivas: falta de retención, dificultades en la lectura y en el cálculo matemático. Carecía en absoluto de la facultad de proyección del tablero sobre el campo ilimitado de la fantasía.
Su primitiva inseguridad se convirtió en fría arrogancia. No sospechaba que aparte del ajedrez y del dinero, existen otros valores en el mundo.
El ajedrez es un pensar que no conduce a nada, una matemática que nada soluciona, un arte sin obras, una arquitectura sin substancia. El juego de ajedrez no agota el cerebro, pese al esfuerzo mental más intenso, pues reduce el empleo de las energías espirituales a un campo estrechamente limitado, aguzando más bien la agilidad y elasticidad de la mente.
Gerardo Morales