Con su ya conocido estilo (pausado), Conrad nos lleva una vez más, a bordo de un barco.
Se trata de una novela corta, que tiene como argumento a un joven marinero que decide
renunciar a su puesto, pues lo considera un absurdo y una pérdida de tiempo (o tal vez ni el
mismo sabe porque). Tras volver a tierra, se encuentra con un capitán que le ayudara a
retomar su camino de marinero de dos formas distintas. Nuestro marino, viéndose obligado
a retomar su rutina y con su poco entusiasmo por ello, sin saber ni el mismo cómo, acepta
este encargo, su primer mando, por lo cual, se verá obligado a cruzar esa línea de sombra,
lo que implica no solo soportar esa opresión psicológica por renunciar a su adolescencia o
juventud, sino también la que se vive a bordo de un entorno cerrado (en los buques) y todo
esto, después de comportarse como un verdadero capitán, pues su tripulación se verá al
borde del abismo debido a una típica fiebre tropical.
Dos cosas importantes se pueden destacar en esta metafórica y simbólica obra, en primer
lugar, se dice que la dedicó a su hijo Borys (tras enlistarse al ejército durante la gran guerra).
En segundo lugar, como en prácticamente toda la obra de Conrad, se puede tomar como
autobiográfica, pues fue en el mar y gracias al mar, donde Conrad cruzó esa línea de
sombra, donde se transformó de adolescente, a adulto.
Si bien no fue exactamente lo que esperaba, debo decir que me ha gustado bastante, me ha
sorprendido, sobre todo por aquella filosofía plasmada en cortos, pero contundentes
párrafos, por lo cual, recomiendo leerla con mucha calma.
Cierro con uno de sus aforismos:
“Un hombre debe enfrentarse a su mala suerte, a sus errores y a su conciencia”.
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