3 de abril de 2025
alcalorpolitico.com
Y un día amanecimos contentos. Se acabó la comida chatarra en las escuelas, y dentro de un año y mil millones de pesos habrá una obra magna que va a solucionar la escasez de agua en Xalapa. Con ese gusto nos fuimos al aeropuerto y volamos a Londres en busca de lo que no ardió en el incendio grande del diecinueve.
Pero. La primera pregunta que saltó en medio de la alegría fue qué va a pasar con los puesteros empecinados en ganarse la vida aunque sea vendiendo cosas – porque eso que venden no es comida – que van a echar a perder las vidas de los niños.
La segunda pregunta es cómo van a prohibir que vendan su chatarra fuera de las escuelas a hordas de niños que han crecido comiendo frituras y pastelitos en vez de fruta y cereales, tomando cocacolas en vez de agua o de jugos naturales, esclavos definitivos del azúcar y los saborizantes artificiales.
La tercera pregunta es cómo van a explicar a los niños que lo que está prohibido en la escuela está permitido en la calle. Y la cuarta y la quinta preguntas se pierden a tres mil metros de altura, porque es claro que el gobierno morenista sabe que la comida chatarra es mala pero no la prohíbe en todas partes, en cualquier parte, quién sabe por qué.
Y entonces, cansado de buscar un sentido al sinsentido de las reglas, llegué al asunto del agua y del acueducto que anunció la gobernadora Rocío Nahle no hace mucho. Mil millones de pesos en un año, aunque tal vez cueste más de lo estimado y se lleve más tiempo para terminar el acueducto.
Los elogios florecieron por todas partes, celebrando el anuncio como cosa hecha, como si el solo hecho de decir que algo se hará significara que algo se hizo, y hay que prepararse para recibir los beneficios de la obra que se anunció.
Ya hemos visto mucho de eso. Se anuncia una obra magna, se anuncia un presupuesto, se anuncia una fecha para terminar la cosa. Y pasa el tiempo y crece el presupuesto, y vuelve a pasar el tiempo y el presupuesto crece, se multiplica, y los elogios se desvanecen y el presupuesto se agota.
Y no hay agua.
Esta vez no hay balcón
Esta vez no hay balcón. Hay una ventana en el quinto piso del hotel donde se queda uno en el suburbio londinense de Croydon. Se ven tres, cuatro árboles desganados, sin hojas, y no hay pájaros cantando en los árboles, ni hay regocijo de ranas que celebran la primavera.
Uno alza la copa – un vaso de cristal, un trago generoso – con malta, y en el primer sorbo comprueba que hay cosas que no cambian. Piensa en don Justino Reyes, a quien el gobierno de Veracruz, y sobre todo la Secretaría de Educación de Veracruz, le debe diecisiete años de sueldos y una disculpa.
Lo más probable es que reciba ninguna de las dos cosas, porque la arrogancia del poder es así. De nada sirvió que un tribunal ordenara a los burócratas que pagaran lo que le deben a don Justino. La ley no es la ley. De nada sirve que en el discurso de la cuarta transformación se invoque un humanismo de papel: los candidatos ofrecen lo que los burócratas no hacen ni harán. A esto han llegado. A esto hemos llegado.
Pero. La primera pregunta que saltó en medio de la alegría fue qué va a pasar con los puesteros empecinados en ganarse la vida aunque sea vendiendo cosas – porque eso que venden no es comida – que van a echar a perder las vidas de los niños.
La segunda pregunta es cómo van a prohibir que vendan su chatarra fuera de las escuelas a hordas de niños que han crecido comiendo frituras y pastelitos en vez de fruta y cereales, tomando cocacolas en vez de agua o de jugos naturales, esclavos definitivos del azúcar y los saborizantes artificiales.
La tercera pregunta es cómo van a explicar a los niños que lo que está prohibido en la escuela está permitido en la calle. Y la cuarta y la quinta preguntas se pierden a tres mil metros de altura, porque es claro que el gobierno morenista sabe que la comida chatarra es mala pero no la prohíbe en todas partes, en cualquier parte, quién sabe por qué.
Y entonces, cansado de buscar un sentido al sinsentido de las reglas, llegué al asunto del agua y del acueducto que anunció la gobernadora Rocío Nahle no hace mucho. Mil millones de pesos en un año, aunque tal vez cueste más de lo estimado y se lleve más tiempo para terminar el acueducto.
Los elogios florecieron por todas partes, celebrando el anuncio como cosa hecha, como si el solo hecho de decir que algo se hará significara que algo se hizo, y hay que prepararse para recibir los beneficios de la obra que se anunció.
Ya hemos visto mucho de eso. Se anuncia una obra magna, se anuncia un presupuesto, se anuncia una fecha para terminar la cosa. Y pasa el tiempo y crece el presupuesto, y vuelve a pasar el tiempo y el presupuesto crece, se multiplica, y los elogios se desvanecen y el presupuesto se agota.
Y no hay agua.
Esta vez no hay balcón
Esta vez no hay balcón. Hay una ventana en el quinto piso del hotel donde se queda uno en el suburbio londinense de Croydon. Se ven tres, cuatro árboles desganados, sin hojas, y no hay pájaros cantando en los árboles, ni hay regocijo de ranas que celebran la primavera.
Uno alza la copa – un vaso de cristal, un trago generoso – con malta, y en el primer sorbo comprueba que hay cosas que no cambian. Piensa en don Justino Reyes, a quien el gobierno de Veracruz, y sobre todo la Secretaría de Educación de Veracruz, le debe diecisiete años de sueldos y una disculpa.
Lo más probable es que reciba ninguna de las dos cosas, porque la arrogancia del poder es así. De nada sirvió que un tribunal ordenara a los burócratas que pagaran lo que le deben a don Justino. La ley no es la ley. De nada sirve que en el discurso de la cuarta transformación se invoque un humanismo de papel: los candidatos ofrecen lo que los burócratas no hacen ni harán. A esto han llegado. A esto hemos llegado.