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Columnas y artículos de opinión
A salto de mata
Galeano: Hasta luego, hasta lueguito…
Gino Raúl De Gasperín Gasperín
16 de abril de 2015
alcalorpolitico.com
En este inicio de semana fallecieron dos muy destacados escritores: Günter Grass, premio Nobel de Literatura 1991, y Eduardo Galeano, escritor uruguayo, maestro de las frases lapidarias y filoso analista de los acontecimientos del mundo actual y, especialmente, de América Latina.
 
Ahora solo me refiero a Galeano, de quien hemos tenido la suerte de leer algunos de sus libros y sus juiciosos y suaves artículos. Nació en 1940, pero, como señala la periodista Ericka Montaño Garfias este lunes en La Jornada, «entre su nacimiento y su muerte hay miles de palabras, escritas en numerosos libros, dichas en múltiples discursos, retomadas por cientos de miles de jóvenes y adultos, hombres y mujeres inconformes con los gobiernos a todo lo largo y ancho de este planeta».
 
Galeano es uno de esos escritores que logran tal empatía generalizada, que solo aquellos en contra de quienes endereza sus críticas suelen huir de sus fascinantes palabras. Estos, finalmente (por lo menos así lo han de esperar), descansarán de uno de los más incisivos y severos acicates que especialmente nuestro mundo latino y mexicano ha tenido.
 

Galeano, como suele suceder con otros escritores versátiles, simpáticos y allegados a los muchos lectores, tuvo oficios de los más variados e insólitos: «obrero, dibujante, recaudador, pintor, mensajero, cajero de banco, mecanógrafo, editor, y en medio de todos ellos, su pasión por el futbol. Además de un gran escuchador, como él se definía, también fue un exiliado político. Salió de Uruguay después de haber sido encarcelado por la dictadura». En 1985 regresó a Uruguay y allí terminó sus días.
 
Fue crítico implacable y acerbo de todas las formas de discriminación, de atropello, de injusticia y, muy especialmente, de la prepotencia y soberbia de los fuertes, pertenezcan a cual sea de las élites, política o económica, que, sin justificación alguna que sea racional, se yerguen en contra de los demás seres humanos, sembrando el miedo y el pánico para lograr mejor sus propósitos tiránicos: «Es el miedo quien fabrica los enemigos que justifican el derroche militar y policial… ¿No sería sano acabar con esta dictadura universal de los asustadores profesionales? Los sembradores de pánicos nos condenan a la soledad, nos prohíben la solidaridad: sálvese quien pueda, aplastaos los unos a los otros, el prójimo es siempre un peligro que acecha, ojo, mucho cuidado, éste te robará, aquél te violará, ese cochecito de bebé esconde una bomba musulmana y si esa mujer te mira, esa vecina de aspecto inocente, es seguro que te contagia la peste porcina» (“Disculpen la molestia”. La Jornada, 09/05/2009). Mismos sentimientos que expresó valientemente cuando, en 2008, recibió un reconocimiento de todos los países integrantes del Mercosur: «Sólo siendo juntos seremos capaces de descubrir lo que queremos ser, contra una tradición que nos ha amaestrado para el miedo y la resignación y la soledad y que cada día nos enseña a desquerernos, a escupir al espejo, a copiar en lugar de crear».
 
Esta claridad y valentía en sus denuncias lo llevó a distanciarse del régimen de Fidel Castro cuando, en 2003, se unió a los intelectuales que lo criticaron por las ejecuciones de opositores a su régimen. Cuando regresó a la Habana, en 2012, inició su discurso citando al líder sandinista nicaragüense Carlos Fonseca Amador: «“El amigo de verdad es el que critica de frente y elogia por la espalda”… Mil gracias por ese alimento de vitamina D. D de Dignidad, que tanto nos ayuda a creer que el deber de obediencia, impuesto por los poderosos del mundo, es –puede ser– nuestra penitencia, pero no es ni puede ser nuestro destino». (La Jornada, 17/01/2012).
 

En fin, que nuestro mundo actual despide a uno más de sus predicadores que no se cansaron nunca de expresar sus bienaventuranzas y condenas: «Bienaventurados sean los perdedores, porque ellos cometieron la insolencia de amar a su tierra, y por ella se jugaron la vida.
 
Bienaventurados sean los perdedores, porque ellos se negaron a repetir la historia y quisieron cambiarla.
 
Bienaventurados sean los perdedores, y malditos sean quienes confunden el mundo con una pista de carreras y lanzados a las cumbres del éxito trepan lamiendo hacia arriba y escupiendo hacia abajo.
 

Bienaventurados sean los indignados, y malditos sean los indignos.
 
Maldita sea la exitosa dictadura del miedo, que nos obliga a creer que la realidad es intocable y que la solidaridad es una enfermedad mortal, porque el prójimo es siempre una amenaza y nunca una promesa.
 
Bienaventurado sea el abrazo, y maldito sea el codazo….
 

Y yo me despido de ustedes, ahora, que ya es hora, como la historia me enseñó, diciéndoles gracias, diciéndoles: hasta luego, hasta lueguito, nos estamos viendo». (Palabras pronunciadas el 22 de febrero de 2011, en la ceremonia de entrega de la Medalla 1808, por el jefe de Gobierno de la ciudad de México).
 
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