Ante la acción destructiva que utiliza coches bomba o la quema de locales comerciales, se exclama, en el consenso popular, que es un acto de terrorismo. Sin embargo, instancias gubernamentales lo niegan tratando de maquillar la realidad y declaran que no es terrorismo poque la acción no va presidida de una ideología. Absurdo del absurdo, pues los motivos que están detrás de actos de tal magnitud poseen una fuerte carga simbólica cuya manifestación profunda es unívoca, psicológica y existencial, toda vez que se busca intimidar e influir terror para mantener o ganar control territorial, cual lucha bélica de poder. La palabra terrorismo proviene del verbo latino
terreo que significa hacer temblar. Terror, por tanto, refiere a pavor o miedo intenso de donde se desprende terrible, aterrorizador y terrorismo. El terrorismo, como su nombre claramente indica, es una acción de violencia orientada a infundir pavor, a intimidar, a introducir una condición de miedo sistémico para coaccionar a las instituciones de gobierno, acobardar a la población civil y propiciar un ambiente de alarma social con fines desestabilizadores de gobernanza. Es una táctica que busca avasallar al otro mediante la creación de un ambiente de terror. Táctica de sometimiento que nació durante la Revolución Francesa (1789-1799) en el periodo del Reinado del Terror (1793-1794) encabezado por Maximilien Robespierre.
Esta etapa se caracterizó por el uso de violencia extrema con el fin de eliminar a la clase noble, la aristocracia feudal y todo aquel individuo que se consideró contrarrevolucionario. Se estima que fueron ejecutadas más de 35 mil personas mediante decapitación, una política de intimidación estatal que buscó infundir pavor en la población de París, al tiempo que se convertía en espectáculo masivo y politizado. Desde luego, la eliminación masiva de personas representó un problema de orden práctico que fue resuelto cuando el médico Joseph Ignacee Guillotin, miembro de la Asamblea Nacional, propuso, el 1 de diciembre de 1789, que las ejecuciones de nobles y plebeyos fueran por decapitación mecánica, proposición que se hizo ley el 6 de octubre de 1791, institucionalizando el terrorismo de Estado. Con tal fin se retomó y perfeccionó la infernal máquina que se conoce como Guillotina. Este aparato no fue inventado por Guillotin, aunque lleva su nombre, y así lo hemos conocido en el mundo contemporáneo. Su origen, nos refiere Harold Morowitz (
El filantrópico doctor Guillotin, TusQuets, 2005), remite al sur de Italia y se remonta al siglo XIII, máquina que también fue utilizado en Alemania durante la época medieval para decapitar a criminales condenados a muerte. Pero Francia la innovó y aplicó para realizar ejecuciones masivas que le permitieron eliminar a personajes vinculados a la Monarquía derrocada y opositores al régimen naciente.
El uso de esta máquina corta cabezas estuvo vigente en Francia hasta 1977, año en que se abolió la pena de muerte. En este sentido, el terrorismo (
Terrorisme, del francés
terreur = terror y del sufijo
isme = doctrina, práctica) nació como acto de violencia ejercida desde y por el Estado, política que culminó con la caída de los jacobinos y decapitación en la Guillotina de Maximilien Robespierre y sus seguidores, lo que puso fin a esa etapa de terror que dio origen al terrorismo como acción avasalladora de poder. Décadas después, hacia fines del siglo XIX, vuelve a aparecer la acción terrorista, solo que ahora vinculada, ya no a una acción del Estado, sino a grupos anarquistas que empezaron a utilizar explosivos contra las fuerzas de los estados con el objetivo de propiciar una rebelión popular. En este tenor, los actos terroristas se interpretaron como propaganda ideológica por el hecho de ser un ataque directo contra el poder político y mostrar su vulnerabilidad. Estos ataques terroristas fueron recurrentes en varios países entre 1880 y 1914, volviendo a renacer como forma de intimidación durante los años de 1960 y 1970 al ser utilizado por grupos nacionalista y separatistas en Europa, Medio Oriente y África, así como por guerrillas urbanas.
Actualmente el terrorismo sigue presente y es un recurso utilizado por movimientos armados religiosos y organizaciones criminales que buscan poder mediante la desestabilización del orden legal para obtener control territorial donde operan, coerción de la clase política gobernante e infundir terror social para explotar a la población civil. Los métodos son variados: atentados con explosivos colocados en vehículos para hacerlos explotar frente a un objetivo seleccionado, sin importar si las víctimas son militares, policías o población civil; ataques armados en espacios públicos; sabotaje de infraestructuras utilizando artefactos explosivos, incendio de establecimientos comerciales, industriales y casas; masacres premeditadas e inesperadas en población campesina para desplazarlas de sus tierras; secuestro y asesinato selectivo de personajes; desaparición de personas jóvenes, sobre todo mujeres; exposición de cuerpos humanos mutilados para que toda la población los vea y sienta terror. Terror, cual comunicación violenta que busca inhibir toda acción contraria al priorizar la supervivencia por encima de la razón. Este método de agresión es demoledor porque su membresía ideológica es el poder que anuncia como esquema totalizante frente al Estado.
Esa destrucción que se hizo común en la guerra de guerrillas urbanas y se le llamó acción revolucionaria, ahora es un recurso de uso reactivo aplicado por organizaciones criminales para imponer un control territorial, intimidar al gobierno y someter a la población civil a sus exigencias de extorción. Así que no vengan con el cuento de que no es terrorismo porque no se hace explicita una ideología. La ideología del poder está implícita en la acción violenta; en la presión de negociaciones para involucrar a instancias políticas, militares, policiales y judiciales en las redes de trama, complicidad y corrupción; en la expansión allende los territorios locales para internacionalizar sus actividades ilícitas; en aportaciones monetarias a partidos políticos con lo que logran sometimiento de los mismo y se entretejen con su posición ideológica; en el uso de medios de comunicación y redes sociales para provocar inquietud y alimentar el terror; en el asesinato de comunicadores, periodistas, defensores de los derechos humanos y de los recursos naturales; en el reclutamiento de jóvenes mediante engaño y secuestro para sumarlos como “carne de cañón” y sicariato; en la desaparición de mujeres jóvenes que son obligadas a ejercer actividades sexuales contra su voluntad; en el asesinato de líderes comunitarios y madres buscadoras de hijos desaparecidos; y más y más cuyo núcleo violento infunde terror. Tan existe la acción terrorista en nuestro país que las propias autoridades que administran el Tren Maya, y que son militares, contrataron un Seguro para protegerlo de “terrorismo y sabotaje, cuyo costo fue de 715 millones de pesos” (
El Universal, 8 de septiembre de 2026). En el Seguro se define que “Para propósitos de póliza, un acto de terrorismo significa un acto o serie de actos que incluye el uso de la fuerza o violencia por parte de cualquier persona o grupo (s) de personas (...), cometidos con propósitos políticos, religiosos o ideológicos, incluyendo la intención de influenciar sobre cualquier gobierno y/o para sembrar miedo en el público para dichos propósitos” (
El Universal, 8 de septiembre de 2026). Ahí está, más claro ni el agua, clarito como el sol.