La Pinacoteca Diego Rivera nos obsequia, como en muchas otras ocasiones, con una extraordinaria exposición,
Trayectoria de un Milagro de Yahagi Ryuichi (Kawasaki, Kanagawa, 1967), artista japonés radicado y prácticamente jalapeño. Su obra plástica no solo es arte en la belleza de su forma, sino que va más allá al comunicar la proporción simbólica de la existencia cuya expresión formal nos trasmite el significado de la vida a través del profundo dolor de la muerte. De esa mortandad masiva en dos ciudades de Japón: Nagasaki e Hiroshima, objetivos elegidos por Estados Unidos de Norteamérica para detonar las primeras bombas atómicas y obligar a Japón a rendirse durante la Segunda Guerra Mundial. El 6 y 9 de agosto de 1945 sucumbieron casi 250 mil personas en ambas ciudades que fueron completamente destruidas junto con su entorno rural. En este año de 2026 se cumplen 81 años de aquel genocidio que marcó el inicio de la era nuclear y la génesis del miedo permanente a una devastación futura de magnitud descomunal, pues alcanzaría la totalidad del planeta.
Al ingresar al recinto de la Pinacoteca de inmediato llama la atención un número brillante y amarillo que resalta, solitario, en la blanca pared frontal: 12187. Esta cifra no es gratuita, es una cifra de la muerte ya que representa la cantidad de armas nucleares registradas (pues no se sabe cuántas se ocultan) que existen actualmente distribuidas en Estados Unidos, Rusia, China, Francia, Reino Unido, India, Pakistán, Corea del Norte e Israel. De estos países, Estados Unidos y Rusia concentran el 90% del arsenal nuclear que, de ser utilizado, destruiría la civilización actual y acabaría con millones de seres humanos, devastando flora, fauna y contaminando suelos, ríos, lagunas y mares con la lluvia radioactiva durante el Invierno Nuclear. Ryuichi nos refresca la memoria de lo que es un desastre nuclear y nos advierte que no estamos a salvo de la locura bélica que en su esquizofrénica conducta puede desatar el infierno atómico. Pero él, lo hace presentando el horror no con crudeza, sino con belleza, pues al transformar el trauma en experiencia estética busca sembrar en nuestros sentimientos la percepción social de la paz y el sentido moral de estar contra la guerra.
En usanza sutil, que solo el arte puede lograr, suma lo vivido a la consciencia del presente mediante el conjunto de formas construidas desde la profundidad del ser e incorpora imágenes con sentido que sumergen nuestra imaginación en el entretejido de lo bello, lo sorpresivo, lo enigmático y, a la vez, lo místico. Formas e imágenes que, a la par, nos advierten del peligro futuro que cuelga de un hilo ante tanta amenaza atómica que, como la Espada de Damocles, pende sobre nuestras cabezas. Esa experiencia estética por la cual nos conduce Ryuichi enlentece el encuentro con lo bello y deja huella, residuos sensoriales que mueven al imaginario para remontarnos a una dimensión histórica contemporánea, a un momento de tragedia en la que la vida se esfuma, a un hecho visible que al agitar la consciencia cala profundo el subconsciente porque nos reintroduce en la angustia de la incertidumbre. El choque subjetivo es inevitable. La experiencia de ver, con mirada de lo bello, la aberración de la guerra y la soberbia humana, pues incorpora al recuerdo de lo que fue la destrucción masiva de Nagasaki e Hiroshima, imágenes de los accidentes nucleares de Chernóbil (Ucrania) y Fukushima (Japón).
Plañido del dolor que inevitablemente hace volver la mirada hacia la planta nuclear de Laguna Verde, aquí en costas veracruzana, a 55 kilómetros en línea recta de Xalapa. Hay cuatro elementos de sabor alegórico que llaman fuertemente la atención y que Magali Velasco explica, con poética claridad, en el texto de presentación de la exposición: 1) El papel del que están hechos los barcos que simboliza la fragilidad de la vida. 2) Las piedras que conduce al sentido espiritual de la Naturaleza al representar lo permanente frente a lo efímero, por eso la “disposición de 216 piedras (narra Magali Velasco) remite al budismo, donde este número simboliza los deseos mundanos que mantienen al ser humano ligado al sufrimiento y a la ignorancia”. 3) Los paraguas relacionados con la muerte y agonía presentes en la representación radioactiva que inició en 1945 y está actual hoy en día, pero que también hablan de protección cual esperanza y sacralidad de la vida. 4) La Virgen de Guadalupe, hierofanía que dirige su mensaje hacia la continuidad de la vida y es estímulo visual positivo que propicia una sensación de paz, compasión y esperanza, por ello hermana piedras recogidas en Nagasaki, Hiroshima y el Tepeyac cual epifanía de confraternidad y solidaridad espiritual.
Quizás pueda parecer natural o sencillas las formas del arte, de la creación simbólica con las que Yahagi Ryuichi regala nuestros sentidos, pero en la sencillez está implicada la complejidad del arte japonés que valora lo austero, pues la belleza es simple y natural; la pátina es suave porque no es ornamental, sino una manera de comprender la realidad; la irregularidad en las formas naturales que busca no alterar invita a la contemplación y la textura orgánica nos recuerda la vida que expresa tonalidades de luz y sombra; las piedras agitan nuestro silencio introspectivo al remontarnos hacia aquello que no se ve, pero está ahí, presente, actuante, vivo. Su arte exalta el espíritu, mueve a la emocionalidad cognitiva y atraviesa los sentidos al atraer la imaginación hacia el gozo estético, pues todo arte es una forma de conocimiento. Por eso, escribió Óscar Wilde, “El artista no puede aceptar ninguna esfera de la vida a cambio de la vida. Para él no hay posibilidad de escapar del cautiverio de la Tierra: ni siquiera siente el deseo de evadirse”. La experiencia estética nos hace mirar, ver, sentir, apreciar, conocer con sublime belleza la grandeza de la vida, pero también el insondable misterio de la muerte. En la exposición de Yahagi Ryuichi encontramos eso y más. Les invito a visitarla, disfrutarla, reflexionar con él sobre el horror de la guerra nuclear que amenaza constantemente a la civilización humana y toda vida en la Tierra, pero también a aspirar el misticismo de la esperanza antibélica y la belleza que implica aprender un fatal hecho histórico a través del arte.