Ir a Menú

Ir a Contenido

Sección: Estado de Veracruz

Libertas

Élites y poder

José Manuel Velasco Toro 13/08/2026

alcalorpolitico.com

Las sociedades humanas son sociedades complejas, de ningún modo se desarrollan de manera lineal, aunque así lo parezca, porque su movimiento está estructurado mediante múltiples relaciones que se entretejen, sobreponen, cruzan, entrechocan y avanzan en red. Mezcla dinámica que caracteriza al cambio social y pone al descubierto, más que patrones, relaciones de integración y desintegración que ocurren con diversa intensidad en la estructura económica y la superestructura social. Nada escapa al cambio, sobre todo en lo que corresponde a los entretejidos del poder de las élites y las formaciones estatales que buscan controlar, pues las contradicciones políticas siempre son detonadoras impostergables de alteraciones que trastocan el aparente orden cuando, bajo la superficie, la corriente fluye desintegrando para integrar nuevas situaciones. Así, nada permanece igual, aunque se prolongue por algún tiempo. El cambio ante la deseada continuidad, el colapso ante lo que pareciera inmutable, siempre está acechando a la vuelta de la esquina, presente en cada momento de la dinámica cotidiana. Si no, echen una mirada a la historia de las sociedades. Tarde o temprano, los cambios se suceden con determinada velocidad, alternancia, violencia y afectaciones recurrentes de inestabilidad política y económica para establecer nuevos equilibrios.

Todo ello resultado de las fuerzas activas de la historia que no se detienen, que no hacen pausa pese a los esfuerzos de fuerzas contrarias que quieren preservar, que desean mantener un estatus quo de poder. Muchos son los indicadores que mandan señales de cambio, sea este en un sentido negativo o positivo, de avance o retroceso, de libertad o de secuestro de ésta. Por ejemplo, la enorme brecha entre ricos y pobres crea profundos descontentos, resentimiento social y contracción del mercado interno; el incremento de deuda pública por mala y corrupta administración provoca inflación, reducción de inversiones públicas y deterioro económico; la falta de atención para proporcionar tranquilidad pública pronto desemboca en alteración del orden y tejido social; la desvalorización de la justicia que es rebajada a cómplice de la corrupción debilita a las instituciones que deben ser garantes de la justicia, se vuelca contra la ciudadanía y deteriora la cultura de integridad por lo que declina la confianza de la sociedad en los órganos de gobierno. Estas son relaciones, por mencionar algunas, clara realidad de la pauperización de la vida democrática, el deterioro social y la corrupción política. Causales que al interrelacionarse inevitablemente desembocan en el descontento soterrado, primero, y explosivo, después, de la sociedad en general.

La complejidad entre distintas relaciones móviles, porque nunca son estáticas ni lineales, siempre abren caminos alternativos a los sistemas sociales para recobrar la libertad de ser para ser, la seguridad para vivir y crecer, la justicia en equidad e igualdad ante la ley, el respeto a la cualidad humana y el equilibrio interno para garantizar un estado de armonía alejada de la discordia. No es fácil esa posibilidad, pero la historia de las sociedades nos muestra y enseña cómo es que, con tirones y saltos, esa búsqueda es permanente y cómo es que tiranos y dictadores, explotadores y controladores, han caído para dar paso a periodos de prosperidad social y crecimiento económico. Y una de las relaciones detonadoras de los desequilibrios sociales, entre otras muchas, claro está, es la sobreproducción de élites políticas que buscan, se apoderan y hacen todo lo posible para no soltar el poder. Ello no solo acarrea conflictos en la intra-estructura gubernamental, sino también entre los partidos políticos que buscan acomodo en el reparto del poder, sobre todo al interior de aquel que en el momento sea el dominante. Y esa lucha socaba, invariablemente, la unión cívica y los partidos terminan por corromperse al permitir fraudes, componendas con financiamientos ilícitos, arreglos en el reparto del poder, protecciones fuera de la ley, encubrimiento de delitos, abuso de la demagogia para ocultar o distorsionar la verdad, censura y acallamiento de medios de comunicación, acusaciones en falso a opositores, en fin, cuando la corrupción y los codazos por el poder se acentúan, el desmoronamiento moral de los partidos políticos es inevitable y el discurso político se vuelca contra las instituciones democráticas.



El partido que se encuentra en el poder suele presumir que tiene más ascendencia social y capacidad de influencia sobre la población, a grado tal de conjeturar que ellos son el pueblo. Falsedad de toda falsedad, dice el dicho popular. Sí son, sus dirigentes, una élite solo por ostentar el poder, más no por ser personas mejores ni del pueblo, por el contrario, suelen predominar las peores personalidades carentes de pudor, honestidad y moral. Cuando personalidades de esa calaña asciende al poder, buscan escapar de la precariedad en la que vivieron mediante la apropiación ilícita de recursos públicos, convenios fraudulentos, contratos de bienes y servicios a modo, reacomodo en posiciones político-administrativas para continuar viviendo del erario, venta de influencias y de encubrimiento de delitos, en fin, todo aquello que está contra la ley, contra todo sentido ético y contra toda la sociedad. Y claro, una vez que poder político y riqueza se igualan, se convierten en políticos de carrera cuyo hueso se niegan a dejar y en empresarios con socios encubridores de su nombre, conducta que recuerda aquel dicho de aquel despreciable político mexicano de antaño: “Un político pobre es un pobre político”. Al llegar a esos niveles de corrupción el paso siguiente es la coerción social y de la opinión pública mediante amenaza y fuerza, cárcel y muerte. Lo cual logran porque ya poseen el control burocrático de la justicia y policía, la complicidad de jueces y ejército, el sutil espionaje de redes sociales e intimidación de medios de comunicación, la intervención de los órganos electorales y el silencio de aquellos que se suponen son defensores de los derechos humanos. Pero, sobre todo, porque tienen el control de recursos públicos para blandirlo como bandera ideológica usándolo para dar pensiones, becas u otras dádivas populares que garantizan la manipulación de la población votante. Manipulación ideológica, o poder blando como le llama Peter Turchin, que permite influir con fuerza en las multitudes para garantizar la continuidad en el poder. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.