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Con un poema, inspirado en Tabuchi, da el último adiós a Memo Aguilar

En recuerdo del buen amigo, Miguel Valera narra la experiencia de un viaje de trabajo

Xalapa, Ver. 10/01/2015

alcalorpolitico.com

El 26 de enero de 2013 volé sobre el Atlántico en un viaje de trabajo a Madrid. Me acompañaban René Corrales Martagón, Edwin López Aguayo, Antonio Roque Alarcón, Francisco Reyes Isidoro y Gerardo Caminiti Buerba.

Leí en el vuelo "El tiempo envejece de prisa, de Antonio Tabucchi. En la página 116, en el capítulo Yo me enamoré del aire, me detuve en este párrafo que me hizo reflexionar en la fragilidad de la vida:

“Escogió el Mediodía. Nunca había dejado de buscar el Mediodía durante toda su vida, y ahora que había llegado a esa ciudad del sur le parecía justo proseguir en la misma dirección. Sin embargo, por dentro, sentía una brisa de tramontana. Pensó en los vientos de la vida, porque hay vientos que acompañan la vida: el céfiro suave, el viento cálido de la juventud que más tarde el maestral se encarga de refrescar, ciertos ábregos, el siroco que te abate, el viento gélido de tramontana. Aire, pensó, la vida está hecha de aire, un soplo y ya está, y por lo demás, tampoco nosotros dejamos de ser soplo, aliento, nada más; después, un día, la máquina se detiene y el aliento se termina”.

Me quedé largo tiempo pensando. Volábamos a 11 mil 278 pies de altitud, a mil 626 kmph en tierra, se leía en la pantalla del asiento delantero.

Veía a los pasajeros. Algunos dormían, otros leían, algunos más escuchaban música, veían películas, series o comían. Todos, en actos de vida.

Por la ventana, la oscuridad envolvía el inmenso océano Atlántico.

Pensé en el viento que me lleva a otro mundo, en el viento que me mantiene vivo, despierto, en el viento que oxigena mi memoria e imaginación. En el viento, frágil, liviano y esencial.

Escribí algunas palabras en un ticket de una librería, que traía a modo de separador del libro y las palabras se convirtieron en una poesía que plasmé en un espacio en blanco en la página 121 del mismo libro.
Por título, las propias palabras de Tabucchi.

La vida está hecha de aire.

Viento que toca la cara,
viento que sustenta vida.
Ruta de entrada y salida,
ánima, luz del Sahara.
Aire que alegra el desierto,
aire, lumen, bocanada.
Hálito quieto en el yerto,
impulso hacia la nada.
Céfiro, voz de juventud.
Maestral que refresca luego.
Es la vida sólo un juego,
en tramontana y altitud.

Cerré el libro y me quedé dormido. Desperté cuando el vuelo estaba llegando a su destino.

Con Guillermo Aguilar Portilla fuimos compañeros de trabajo y amigos. Era un hombre generoso, apasionado por la vida y por el progreso de Veracruz, como decía en su tuiter.

Lo vi hace poco en el palacio municipal de Xalapa, en donde realizaba unos trámites para ampliar su casa.
Como todos, estaba emocionado por la vida y la disfrutaba al máximo. Quedó de enviarme unas tortas de un negocio que había emprendido, como todos, pensando en el futuro.
Hoy ya no está.

Hoy, como dijera Héctor Abad Faciolince, al referirse a los escritos en honor de su padre fallecido, escribo estas líneas “para alguien que no puede leerme…la carta a una sombra”.

Descanse en paz el buen Memo. Nos veremos pronto.
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